Por qué se extravió la economía liberal

¿Por qué ha salido todo mal? ¿Y por qué ahora? Esas preguntas resuenan entre la élite global, asustada y al parecer impotente mientras ve a Donald Trump poner en nociva práctica sus promesas sobre comercio y migración. Hace solo seis años esa élite celebraba la primavera árabe como una señal de la inevitabilidad histórica de su ideología.

El nuevo presidente de EE UU es justo el hombre que va a desmantelar el viejo orden: carente de conocimiento o experiencia y capaz de aprovechar las poderosas tradiciones americanas de antiintelectualismo y paranoia. El mundo tiene razón al estremecerse de antemano.

Está mucho menos claro por qué el consenso ideológico liberal –la democracia secular, la cooperación internacional y la globalización económica– está de repente en tales problemas. Pero se pueden identificar cuatro importantes culpables.

Primero, el desvanecimiento de la memoria. Los acuerdos globales actuales se crearon después de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la valoración de las causas de aquel conflicto está retrocediendo. Aunque se recuerden constantemente los males del totalitarismo, Trump y sus pares globales pueden atraer a generaciones para las que una guerra total es solo el tema de documentales o de videojuegos. Cuando hay poco temor al caos, las concesiones se toman como síntomas de debilidad.

La esperanza también está disminuyendo. Los sueños de un orden mundial más igualitario y abierto han decaído y se han transformado en un deseo pragmático y, a menudo, sin alma, de una mayor prosperidad, desfigurada por las guerras y la opresión. Los liberales idealistas estadounidenses y europeos están a la defensiva.

Eso deja al sistema dependiente de su atractivo intrínseco. Y eso plantea el segundo problema. No ha funcionado como se prometió. La lenta recuperación de la crisis de 2008 es un buen ejemplo. En EE UU y la mayor parte de Europa las corporaciones no han generado muchos empleos buenos y estables y los Gobiernos han sido reacios a ayudar. “¿Por qué ahora?”:la frustración evolucionó en amargura explosiva.

Pero los problemas del sistema liberal son más profundos. Aunque las deficiencias más peligrosas son políticas y sociales, la economía también tiene su parte. Además de la escasez de trabajo, han proliferado los desequilibrios en el empleo y la envejecida población se siente decepcionada. La migración también ha afectado, aunque las quejas sobre el robo de empleos y la caída de los salarios estén confundidas.

El flagrante fracaso de la industria financiera es el tercer factor. El sistema debe hacer que la economía funcione fomentando la inversión, equilibrando el comercio, expandiendo la riqueza y ajustando suavemente las diferencias entre las tasas de crecimiento nacionales. Los banqueros, los brókeres y los bancos centrales han hecho en general lo contrario.

Hizo falta que ocurrieran el brexit y la victoria de Trump para agitar la complacencia de los líderes. Hasta entonces el mundo parecía estar bien, y lo estaba… para ellos. Eso resalta el cuarto problema: la ceguera creada por el interés propio. Es difícil tomar los problemas de otras personas muy en serio cuando tu salario está aumentando y tus hijos tienen todo tipo de ventajas. Eso, además, provocó amargura entre aquellos que no compartían su buena suerte.

Insurgentes políticos como Trump han aprovechado el descontento, aunque probablemente no han pensado mucho en sus causas subyacentes. La ignorancia sin duda le hace la vida más fácil a Trump (que es un ejemplo de buscar el beneficio propio y de malas finanzas). Le permite echar la culpa a las causas equivocadas, y proponer las soluciones incorrectas, como que una mayor autodependencia económica funcionará maravillosamente. Pese a todos los problemas del sistema, su demolición hará que empeore casi todo, incluso aunque la destrucción no lleve a una guerra. Los líderes autocráticos y ultranacionalistas no tienen una alternativa realista.

A la vieja élite política le costará contener las fuerzas antidemocráticas. Pero los líderes económicos probablemente puedan salvar una buena parte de su sistema. Para ello, tendrán que ser más positivos sobre el papel del Gobierno, más cuidadosos con las finanzas y mucho menos egoístas. El primer paso es admitir los defectos profundos del orden global que tan bien les funcionaba a ellos. Si quieren restaurarlo, primero tendrán que cambiarlo.

Sección Economía | Cinco Días

Autor: Txema Dobarro

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