No es economía colaborativa todo lo que reluce

Desde que en 2011 la revista Time definiera el fenómeno de la economía colaborativa como una de las diez ideas que cambiarían el mundo, son muchas las startups que han nacido y crecido bajo ese paraguas. De hecho, según datos estimados por la consultora PricewaterhouseCoopers en 2016 se hablaba de un mercado global potencial de 570.000 millones de dólares para 2025. Sin embargo, la popularización de ese término ha generado mucha confusión sobre su significado, algo que debe evitarse, según la Asociación Española de la Economía Digital (Adigital) si, como defienden la Comisión Europea y la CNMC en España, se quiere impulsar y regular los nuevos sectores vinculados a internet.

Ante este escenario, Adigital y Sharing España, colectivo que agrupa a las empresas de economía colaborativa, presentan hoy el primer estudio que define qué es y qué no es economía colaborativa y clasifica las actividades que tienen lugar dentro de las plataformas digitales que operan en este sector. El análisis propone distinguir entre actividades de economía colaborativa, economía bajo demanda y economía de acceso.

“Desde Sharing España hemos venido observando una fragmentación cada vez mayor de este concepto, desde aproximaciones bastante restrictivas, que solo consideran economía colaborativa los modelos entre particulares o P2P (peer to peer), hasta posiciones más amplias que también consideran incluidas la denominada economía bajo demanda o de acceso”, explica José Luis Zimmermann, director general de Adigital y portavoz de Sharing España. “Hemos considerado oportuno realizar este ejercicio de clasificación porque las reglas de juego no son las mismas en todas ellas”.

Para hacer una categorización correcta, Adigital y Sharing España se han fijado especialmente en el rol que desempeñan las plataformas. Así, establecen que entran dentro de la economía colaborativa aquellos modelos en los que una plataforma digital actúa como intermediaria, facilitando la utilización, el intercambio o la inversión de bienes o recursos, entre iguales (particulares o empresas), o de particulares a empresas (siempre que parta del primero como ocurre en el crowdfunding), con o sin contraprestación económica. En esta categoría hay ejemplos ya tradicionales como el alquiler de viviendas entre particulares (AirBnB y Couchsurfing), prácticas como el carpooling (Blablacar y Amovens), el crowdfunding (Goteo, Verkami) o la compraventa y alquiler de objetos de segunda mano (eBay, Wallapop o Relendo).

Frente a los modelos colaborativos, el estudio indica que en la economía bajo demanda se establece entre los usuarios una relación comercial. Y engloba aquellos modelos de consumo y provisión de servicios en los que la plataforma actúa de nuevo como intermediaria, pero ahora entre un profesional, que presta el servicio, y un consumidor (B2C). “En este caso, es habitual que haya una contraprestación económica y ánimo de lucro, y se les tiene que aplicar la normativa mercantil (el profesional deberá cumplir con las normas de derecho de consumidor y el alta de la seguridad social si hace falta, aunque en el ámbito laboral o fiscal hay muchos cuestiones sin resolver)”. En este grupo entrarían los servicios proporcionados a través de plataformas como UberX o Cabify, UberEats o Glovo (reparto) y Etece (microtareas).

Por último, el informe no clasifica como economía colaborativa prácticas como el carsharing y el coworking sino que las considera economía de acceso. El estudio aclara que, en este caso, la actividad de la plataforma no es la de intermediación propia de un prestador de servicios de la sociedad de la información sino que es la empresa la que proporciona el servicio y “pone a disposición de un conjunto de usuarios unos bienes para su uso temporal, adaptándose al tiempo de uso efectivo que requieren dichos usuarios y flexibilizando la localización espacial de los mismos”. Es lo que hacen Bluemove o Car2Go, que permiten compartir un coche, propiedad de la empresa titular de la plataforma, entre varias personas de manera no simultánea. Y lo mismo sucede con los espacios de coworking que permiten alquilar zonas de trabajo por periodos de tiempo.

“De este modo, si es el usuario el que realiza la actividad dentro de la plataforma, el reto es delimitar cuál es su papel y cuándo pasa de ser un particular a un profesional, según aspectos como la regularidad de la actividad, o si esta tiene o no ánimo de lucro”, dicen.

El documento de Adigital y Sharing España concluye con una serie de recomendaciones entre las que se encuentra delimitar cada uno de los puntos tratados y fijar límites de ingresos que determinen cuándo existe ánimo de lucro. “La economía colaborativa necesita un estudio detallado y adecuado a cada caso por parte de la Administraión”, señala Zimmermann. Para la redacción del estudio han sido consultadas la subdirectora de Estudios de la CNMC, María Sobrino, y la especialista en consumo responsable de la OCU, Amaya Apesteguía.

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Un impulso en la empresa a la economía colaborativa

A mayores oportunidades y avances tecnológicos, nuevos retos y nuevas necesidades. Eso es la economía colaborativa, una interacción entre dos o más personas que, mediante una plataforma, generalmente digital, intercambian diferentes bienes o servicios, ya sea un coche o una vivienda, para satisfacer sus respectivas demandas. Pero hay recorrido más allá de Uber, BlaBlaCar o Airbnb. Y muchas empresas han decidido apostar por ella, y además de forma interna, de puertas hacia dentro. “En las compañías hay generalmente un alto nivel de familiaridad y trato. Y en las que son multinacionales y tienen miles de empleados por todo el mundo, aunque estos no se conozcan entre sí, hay una confianza extra por pertenecer al mismo grupo”, explica Albert Cañigueral, conector en España de OuiShare, consultora especializada en consumo colaborativo.

Todo este cóctel de peculiaridades es el que ha propiciado que este tipo de plataformas encuentren un impulso dentro de las organizaciones. “Es lógico porque, en gran medida, contar con un volumen de personas importante, y muchas veces en diferentes localizaciones, facilita que puedan llevarse a cabo este tipo de ideas y proyectos”, prosigue Cañigueral, que pone como ejemplo a Collaborative Perks, “una empresa del sector que promueve, entre otros, el intercambio de casas entre profesionales de una misma compañía, el alquiler de viviendas por días o el intercambio lingüístico”.

De esta forma, si un empleado de una gran compañía, con residencia en España, quiere viajar al otro lado del mundo, “puede ponerse en contacto con un compañero de cualquier otro país que quiera hacer lo mismo”, describe el experto. Esto no significa que otras plataformas no sean seguras, “pero siempre habrá más confianza hacia alguien que sabes que trabaja en tu misma empresa”. Se trata, en definitiva, de ir más allá de los roles tradicionales de las compañías. “Al trabajo puedes ir con algo más que un título bajo el brazo y unas competencias profesionales. Puedes sumarle este tipo de iniciativas y multiplicar tu valor como persona y empleado”, insiste Cañigueral. Además, de esta forma las relaciones laborales se humanizan mucho más.

Sin embargo, y comparado con el potencial que estas herramientas pueden llegar a alcanzar, estos proyectos aún no son mayoritarios y no están del todo asentados. “Es interesante que las empresas los descubran y apoyen, ya sea publicitándolos o mediante incentivos que los hagan mucho más atractivos”, apunta Cañigueral. Un buen punto de partida está en aquellos momentos cotidianos, que transformándolos, pueden llegar a hacer mucho más cómodo, y seguro, el día a día de los empleados.

Uno de ellos es la movilidad. En este sentido, Baker McKenzie y el RACE están colaborando para impulsar en las empresas planes de movilidad colaborativa entre los empleados. “Las Administraciones cada vez limitan más el uso individual del coche, y un atasco de varios minutos tiene consecuencias en la empresa, con pérdida de horas de trabajo y con un impacto negativo en la productividad. Por eso, los planes de movilidad son una oportunidad de negocio y posicionamiento”, afirma el director de seguridad vial del RACE, Tomás Santacecilia. “Estas limitaciones, y por ello estos problemas, van a ir aumentando seguro, por lo que las organizaciones que antes se adapten a la situación, tendrán un valor añadido”, prosigue el socio laboral de Baker McKenzie, José Prieto.

  • Un incentivo a la seguridad vial

La solución, insisten estos expertos, es que la alta dirección de las empresas tome la delantera y encabece este cambio cultural, llevando a cabo, en lo que respecta a este caso, planes de movilidad exhaustivos para saber dónde actuar en cada caso: “La entrada al trabajo suele coincidir en horas y recorridos, es algo rutinario. El regreso a casa, sin embargo, suele variar más. Por eso, una de las alternativas es crear planes de movilidad compartida en el que, a la vuelta, cada empleado se apunte al vehículo que más se adapta a sus necesidades”, ilustra Albert Cañigueral. También hay otro tipo de incentivo: “Liberty Seguros, por ejemplo, da pluses salariales a los empleados que van al trabajo en bicicleta”, cuenta Santacecilia. Sin embargo, el mayor incentivo es reducir la siniestralidad vial, “ya que a la vez que incentivas, también regulas en nuevos hábitos”, recuerda José Prieto.

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Foundspot: una oficina colaborativa para encontrar objetos perdidos… y mascotas

Perder un paraguas, unas gafas o una cartera está a la orden del día, pero no siempre es fácil recuperar las pertenencias. Tampoco devolverlas cuando alguien se las encuentra. Eso pensó José Postigo, un joven segoviano licenciado en Ciencias Medioambientales, cuando se encontró por la calle la tapa de una cámara de fotos. ¿Cómo devolverlo?, ¿cómo localizar a su dueño verdadero? La reflexión, compartida con su hermano y dos amigos, dio origen a Foundspot, una plataforma colaborativa global que permite recuperar y devolver objetos perdidos. También mascotas.

Su objetivo, según explican, es conectar a personas de todo el mundo para que puedan recuperar cualquier pertenencia perdida, y facilitar su devolución a aquellas personas que se han encontrado algo. La plataforma ya está disponible en castellano, inglés y francés, cuenta Postigo.

El joven aclara que la aplicación es automática, de modo que cuando una persona registra un objeto que ha perdido, Foundspot se pone en contacto con ella cuando hay una coincidencia. Además, la plataforma es interna, es decir, los registros no se muestran en la web, de manera que nadie pueda entrar y reclamar algo que no es suyo. “No es un tablón de anuncios”, zanja Postigo.

Para registrar la pérdida o hallazgo de un objeto o mascota solo hay que rellenar una ficha en la web y describir el objeto, añadir imágenes del mismo (si se tienen) y definir con precisión el lugar y día donde se ha extraviado o encontrado. En ese momento, se aportan los datos de contacto. Después, un algoritmo se encarga de cruzar los datos de ambos registros (el de objetos encontrado y objetos perdidos) y de encontrar coincidencias. Una vez que esto ocurre pone en contacto a ambas personas, “siempre que la que se lo ha encontrado da el OK sobre la veracidad del dueño del objeto, pues es ella quien custodia lo perdido hasta que se devuelve”.

Acuerdos con ayuntamientos

La plataforma ya ha registrado 500 objetos encontrados y 1.000 perdidos. Una cifra aún pequeña si se tiene en cuenta que solo a la Oficina de Objetos Perdidos del Ayuntamiento de Madrid llegan cada año unos 50.000 objetos perdidos, pero alta porque apenas si han hecho acciones de marketing y publicidad para darse a conocer.

Los impulsores del proyecto, David Sanz, Manuel Postigo (hermano de José) e Ignacio Gallo se afanan en dar forma a un negocio que promete tomar cuerpo. Por una doble vía. La aplicación es gratuita para el ciudadano, pero Foundspot está ofreciendo sus servicios a empresas y organismos públicos. “Estamos llevando nuestra plataforma a Ayuntamientos, compañías privadas de taxis y autobuses, protectoras de animales, discotecas, festivales, estadios de fútbol… empresas con espacios susceptibles de que la gente pierda cosas”, señala David Sanz, responsable de comunicación y marketing.

Según Postigo, la plataforma ayudará a hacer más productivo el trabajo de las oficinas de objetos perdidos de los ayuntamientos. Con algunos de ellos mantienen ya conversaciones avanzadas, pero no quieren dar nombres porque los acuerdos aún no están cerrados. Eso sí, calculan que el 95% de sus ingresos vendrá de este tipo de acuerdos. Foundspot, que personalizaría la plataforma para algunas de esas organizaciones, baraja cobrar por licencia de uso y/o un variable por casos de éxito (objetos devueltos).

Otras vías de ingresos vendrán por la publicidad y por las donaciones. “Aunque para el usuario la plataforma es gratuita, y queremos que sea así siempre, tenemos un apartado en la página web que permite al usuario que está agradecido con el servicio hacer una donación a la plataforma (algo similar a Wikipedia)”, dicen. La compañía planea donar el 30% de sus beneficios a proyectos sociales nacionales e internacionales. 

Los socios de Foundspot planean llevar a cabo una ronda de financiación para captar entre 100.000 y 200.000 euros, fondos que destinarían a marketing y al desarrollo de la aplicación móvil.

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